Las mujeres no se masturban. Nunca. Entonces, ¿existe la masturbación femenina? Es posible que las sociedades machistas hayan deseado que esto hubiese sido así. Pero ni es así ni lo fue nunca. Puede que la inadecuada educación sexual que han sufrido los jóvenes de cualquier época haya intentado crear el tabú. Puede que, por este motivo, muchas mujeres lo nieguen públicamente o, al menos, en presencia de algún hombre. Pero es imposible poner límites al conocimiento. A la necesidad de conocer nuestras sensaciones.

Hemos de atrevernos a explorar nuestro propio cuerpo. A descubrirlo. Debemos aprender a manejarlo. Nunca tenemos que tener miedo de disfrutarlo.

Las técnicas de masturbación femenina son tantas como mujeres hay. El clítoris, ese gran desconocido para la mayoría de los hombres, es el principal protagonista en casi todas las formas de masturbación. Con la palma de la mano extendida y empujando rítmica y suavemente hacia abajo. Ayudándose de la pelvis, contrayendo suavemente los músculos de las piernas. Aplicándole directamente uno de los chorros del jacuzzi. Sujetándolo suavemente entre los dos primeros dedos de una mano para golpearlo con la otra.

En cualquier caso, no es el clítoris el único lugar donde una mujer concentra una gran cantidad de terminaciones nerviosas. La vagina y sus pliegues, los pezones, las caras interiores de los muslos, las zonas que rodean el ano y el cuello son zonas erógenas con infinitas posibilidades. Incluso las plantas de los pies pueden ser la puerta de entrada de los estímulos que activan nuestros instintos más básicos. Sin embargo, el órgano sexual más potente de una mujer es su cerebro. Las situaciones de placer más intensas, sin duda, son generadas por los caminos ilimitados que nuestra imaginación nos ofrece.

Contar con tiempo suficiente, una lubricación adecuada y dejar a un lado los prejuicios son algunos de los secretos que no se deben olvidar para disfrutar a solas de la intimidad.