Literatura erótica

La literatura erótica debería tomarse siempre bajo descripción médica y, siempre, en pequeñas dosis. No es un secreto que la Historia ha perseguido siempre aquellas obras literarias que narraban experiencias sexuales. Cuanto más explícitas y con mayor grado de detalle, más perseguidas. Las listas negras que se han venido haciendo a lo largo de la Historia con obras de literatura erótica son innumerables.

Y la persecución que ha sufrido históricamente la literatura erótica sólo denota el poder que tienen las palabras. El peligro que las mentes más enrevesadas de nuestra Historia le adjudicaban a este género en particular sólo ha servido, además de para llevar a una buena cantidad de autores y lectores a la cárcel, al ostracismo o a la ruina, para confirmar lo poderoso que resulta la combinación entre palabras y sexo.

En nuestro país, La Sonrisa Vertical  en 1977, gracias al cineasta Carlos García Berlanga y a la editora Beatriz de Moura, en plena España de la transición, publicó una colección de literatura erótica que fue muy celebrada. Hoy, con una España bastante diferente en su actitud ante el género pero también plagada de circunstancias terribles scan una reedición de aquellos títulos, ese o sí, bajo un nuevo formato.

En aquella época, la literatura erótica cumplía, prácticamente, una labor docente. La información  que existía sobre cualquier cosa era muy limitada y sobre el sexo en particular, aún menos. El sexo siempre ha sido un tema tabú en las sociedades poco avanzadas y la nuestra, hasta hace bien poco, lo ha sido.

Si hay una obra de la literatura erótica con la que en este país nos hemos emancipado totalmente en materia sexual, esta es sin duda, «Las edades de Lulú» de Almudena Grandes. Es cierto que do¡durante los años 80 aparecieron un buen número de novelas eróticas firmadas por mujeres que alcanzaron un buen nivel de ventas y de calidad literaria pero, sin duda, la abanderada de esa cruzada que buscaba la normalización de la literatura erótica fue la obra de Grandes, editada en 1989 por Tusquets. Hasta ese momento, el género era casi clandestino y despreciado por los grandes editores.