bukkake

Dice la leyenda que el bukkake se originó en Japón como manera de castigar a las mujeres infieles. Hoy en día parece una práctica sexual totalmente consensuada. El bukkake es una de las más bellas expresiones artísticas de la sexualidad oriental. El bukkake como forma de expresión artística, nace de lo que no es necesario, de que no es funcional, del exceso depurado. El bukkake prevalece sobre la mera tensión sexual para adquirir el grado de lo sublime. Pero, para poder alcanzar el límite del placer estético-sexual, es preciso que queden bien delimitadas sus fronteras, ya que el bukkake limita peligrosamente con dos poderosos enemigos, el sexo en grupo y la corrida facial y, siendo deliciosas prácticas sexuales, carecen del misterio y de la magia del bukkake.

Para que el bukkake alcance la perfección de obra artística que se busca es preciso que se cumplan unos sencillos principios, en apariencia opuestos: equilibrio, teatralización y exceso. El elemento masculino nunca puede establecer un contacto con el elemento femenino. De la composición de estas fuerzas nace el equilibrio. Es por esto que el varón debe recurrir a la masturbación, como elemento compensador de la tensión sexual que la mujer ejerce y ocasiona. El onanismo es pieza cardinal del bukkake.

La mujer anhela alcanzar la belleza de una flor de loto de inmaculada blancura, la suya es una teatralización. La flor de loto, una flor capaz de reproducirse desde su propia matriz. Simboliza la generación espontánea y se ensalza con la semilla derramada por el varón sobre su cara. El semen dibujará en su cara ríos de perfección, construye e inventa otro rostro de blanca castidad. Otro de los principios del bukkake.

El exceso es consustancial al bukkake. Sin exceso es imposible lograr la cima de perfección artística ansiada. Seis o diez varones parece un número suficiente de hombres cubriendo a una hermosa mujer. Nos referimos por exceso a todo aquello que rebasa los límites. El bukkake representa la negación definitiva de la sexualidad reproductiva de la misma manera que la sodomización lo era en tiempos del marqués de Sade.